Estábamos de mudanza. Saliendo de la tierra que encantó a mi bisabuela en sus días. O eso parecía en las histórias que me contaban. Los que la conocieron decían que le encantaba Brasil y las playas; que soñaba con ir a Copacabana a ver las olas. Pero más que todo, me contaba mi abuela, le encantaba la canarinha. Era apasionada por el fútbol, así cómo todos sus hijos, que fueron hipnotizados por versiones diferentes de los mismos titanes de verde, amarillo y azul. Gerson y Sócrates y algunos otros nombres volaban con la sala, todos con el mismo misticismo y aparentemente el mismo nível y la misma capacidad de mover el balón sin que se les despegara de los pies.
Mi abuela me contó que ella, los hermanos y los amigos le decían “Monita”. Me contó que se iban a Pichindé a montar caballo y a chismosear, y que la Monita les cocinaba a todos. Me contó que le dio durísimo verla enferma, que se le hinchaban los pies que estaban de colores indescriptibles por la sangre que no les llegaba. Me contó que hasta el día en que, según la leyenda, la dejaron bajo la Iglesia del barrio La Base, mantuvo sus sueños intactos: conocer Copacabana, y allá buscar qué carajos le ponían en el água a Garrincha y a todos los otros magos que vestían la amarelinha.
A mi papá le tocó Ronaldinho. También vio a Roberto Carlos, y al Fenomeno, y como buen fanatico actualizado, sigue viendo, ahora conmigo, a Neymar y a Coutinho. Él, al igual que su mamá, y la mamá de ella: encantado de esa magia verde, amarilla y azul. Nosotros le pegamos al palo: en vez de las playas de Copacabana, caímos en el mar de edificios de São Paulo.
Me había tocado dejar uno de mis primeros regalos de cumpleaños en Cali: el balón del mundial 2006, pero mi colección de parafernalia futbolista apenas iba a crecer en los próximos años. La primera fue del São Paulo FC. Toda negra, con el “01” en el pecho, y justo arriba del número, la firma de Ceni, que me quedaba unas pulgadas a la derecha del corazón. La segunda, unos años después, fue del Bayern, porque la tienda no tenía la del Borussia que yo quería. No tenía nombres ni números, solo las rayas de adidas encima de la casi armadura roja. Después vendría otra, del Barça. Después otra, del Boca que conseguimos en Buenos Aires. Después una del Cali, del centenario. Después otra, de Colombia, para ir a ver el partido del Mundial.
Después, no me quedaban. Después, las paredes del cuarto estaban más vacías que cuando llegamos, porque ahora estaba descolgando las memorias y empacando mis chucherias. Ahora, estábamos de mudanza, y sentado en la cama sin cobijas sacaba mi colección y la metía medio sin ganas a la maleta. Salimos de allá, lejos del sol y la arena, lejos de las olas y lejos de Copacabana. Le pegamos al palo, pero aun así, veo la colección arrumazada en una esquina de mi armario, y me gusta pensar que cumplimos el sueño de mi bisabuela: encontramos toda la pasión que ella se veía en su televisor barrigón y lleno de estática, que a pesar de ser blanco y negro le llevaba toda la magia y el sabor de la amarelinha.